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Dúplex para tres

Dúplex

Ciento treinta metros cuadrados, dos preciosas compañeras, un cachorro con pedigrí y yo.

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Miércoles, 11 de octubre de 2006

Como una ola



Me voy con las olas. Esta tarde parto hacia asturiaspatriaquerida a jugarme la vida en eso del surf. Yo, que lo más cerca que he estado de una tabla ha sido paseando por el Decathlon. Pero no importa, van a darme clases. De surf, se entiende.

Hasta ahora las olas y yo hemos tenido una relación mutuamente desafiante, siempre coincidiendo en sentidos opuestos. Veremos cómo se nos da esto de trabajar juntos por un objetivo común.

Desgraciadamente he empezado mal esta aventura. Ayer tuve una desafortunada caída jugando a fútbol y mi rodilla hizo un extraño giro añadiendo algún grado de libertad a su limitado movimiento de articulación de rotación. Para colmo, en casa no tenía nada para aliviar el dolor, ni un triste gelocatil, ni primperan para la inflamación… nada, ni siquiera hielo pues hace poco saqué las cubiteras del congelador. Solo podía atarme a la rodilla una morcilla de Burgos o unos filetes de pollo, pero lo descarté enseguida, me sabe mal desperdiciar comida.

Esta mañana me he levantado dolorido. En frío, ya se sabe, duele más. He preparado la maleta, he desayunado, y he salido de casa descartando una vez más ir a trabajar con una morcilla atada a la pierna. En cuanto salga de la oficina comenzará el viaje.

Si sobrevivo a esta nueva modalidad de surf a la pata coja el lunes tal vez les ponga alguna foto. Sean buenos.

Por: Jafatron | General | Comentarios (7) | Referencias (0)

Viernes, 06 de octubre de 2006

Una vida normal

Hoy le explicaba a una compañera la mini odisea que pasé para recuperar un paquete que una compañía me había perdido. De eso mismo trataba el post que iba a publicar pero me dijo algo que me hizo reflexionar:

-Jose, tienes una vida muy entretenida, siempre te están pasando cosas.
-¿Qué?
-Que siempre te pasa algo. Desde que estoy en esta empresa te pasan cosas… Te rayan el coche, la lesión en la pierna, el accidente, te rajan las ruedas… y desde que te han dado el piso ni te cuento. Te cortan la luz, otro día el agua, te lo inundan… Siempre te pasa algo.
-Joder, no me digas eso. Yo tengo una vida normal, como todo el mundo.
-Jajaja, yaya, bueno, a ver cuánto tiempo pasa hasta que te ocurra otra cosa.


Joder, ¿tendrá razón?. No, yo tengo una vida normal. Claro, todo eso dicho así de carrerilla parece otra cosa. Aún omitiendo todo lo que he pasado en el dúplex, que ella no lo sabe, dicho así parece otra cosa. Me voy a casa pensativo. Esto solo es un año raro, solo eso. Además, poco a poco todo va volviendo a la normalidad. Ya no vivo en el dúplex, tengo luz estable, agua y hoy han venido a ponerme el gas. Por fin tendré agua caliente… estoy harto de ducharme con agua fría y ya no está el tiempo para eso. De camino me paro a comprar cuatro cosas que me faltan y como siempre, salgo con dieciséis. Me pierden los supermercados.

Llego a casa, organizo la compra y antes de ponerme ropa cómoda compruebo que realmente tengo agua caliente. Abro la puerta del armario donde está metida la caldera, giro la llave del gas, doy un par de pasos hasta el grifo de la cocina y subo el mando para que salga el agua. Fría. Miro la caldera. Cierro el grifo. Lo abro de nuevo y miro la caldera otra vez. Nada, fría. Cierro el grifo. Abro, miro, se debería encender una lucecita pero no se enciende. Abro rápido, abro lentamente, abro de forma intermitente, abro hasta el agua fría y nada. Qué les voy a explicar, si alguna vez han visto a un imbécil enganchado a un grifo entenderán lo que les digo… que coño estoy haciendo!!! Voy a buscar el manual de la caldera. No entiendo nada excepto el apartado de puesta en marcha. Genial, solo necesito eso, ponerla en marcha. Mmmm… dice que se tiene que desbloquear antes, ¿y esto no lo han hecho ya? Tengo un papelito donde dice que la han revisado y probado aunque tal vez la volvieron a bloquear. No parece difícil. Vamos Jose, no tienes ni puta idea de calderas pero no parece difícil.

Venga, va, saco un par de tornillos y levanto la carcasa. Destornillador plano, hay que extraer esta piececita girándola un poco. Mientras aguanto con una mano la carcasa, desenrosco con la otra. La pieza sale y cae, claro. Empieza a salir un fino pero constante hilo de agua por algún sitio. Mierda. La pieza, donde está, creo que ha caído detrás del mueble, o quizá detrás de la nevera. En cualquier caso está por aquí cerca. Mierda, el agua… Trapos, otra cosa no pero trapos tengo un montón, no sé por qué, los regalarían con el atún. Coloco un par para que vayan absorbiendo y me pongo a buscar la pieza. No la veo, estiro el brazo y palpo con la mano por debajo del depósito de agua pero no la encuentro. Joder, empezamos bien. Voy por un mechero-linterna que tengo por la habitación para ver un poco mejor. Nada, no la veo, tendré que retirar la nevera. Pesa un huevo pero consigo sacarla hacia fuera, busco por detrás y nada. Tendré que desmontar el zócalo del mueble. Ay, el agua… escurro los trapos y sigo. Desmonto rápidamente el zócalo y vuelvo a buscar pero nada, no la veo. El puñetero hilillo no cesa y está empapando el suelo. Pongo la fregona como apoyo a los trapos que no dan más de si. Tras un rato de escurrir y buscar encuentro la pieza en la otra punta de la cocina (¿como diablos ha llegado allí?). Vale, por donde iba… ah, sí, girar el tornillito de dentro. Lo giro y vuelvo a colocar la pieza en su sitio. Ahora sí, ahora debería funcionar.

Abro y miro. La luz no se enciende. Abro y miro de nuevo. Vuelvo por unos instantes al ritual del imbécil y el grifo. Nada. Me empiezo a poner de mala hostia. Decido abandonar, atornillaré la carcasa, pasaré de la caldera y me abriré una botella de vino, eso haré. Me resigno a ducharme otro día más con agua fría. Mientras coloco el primer tornillo toco sin querer un palanquita roja. Nunca, nunca se debe tocar nada rojo en un aparato desconocido. Rojo, peligro, no tocar, joder, simbología básica. Un potente chorro me impacta de lleno en la cara y de pronto sale agua por todos sitios. Me ha pillado tan de sorpresa que hasta me he asustado. Joder, joder, joder, qué he tocado… Jose, qué coño has tocado!!! Casi no veo por culpa del maldito chorro pero intento palpar por donde recuerdo que hice el último movimiento hasta que muevo algo y deja de salir agua. Estoy cabreado, muy cabreado. Grito a la caldera:

-Me cago en la puta, tienes luz, tienes agua, tienes gas, que más necesitas, joder!!

No sé si han intentado alguna vez discutir con una caldera, te sientes de lo más estúpido. Recojo el agua, vuelvo a poner la nevera en su sitio y coloco la carcasa esta vez con cuidado de no tocar nada. Es tarde, no me apetece hacerme de cenar. Voy a lo fácil, pizza al horno. Enciendo el horno, preparo la pizza, la dejo en el mármol. Me abro una botella de vino, que narices!! me la he ganado. Me enciendo un cigarro y me siento en una silla con mi copa pensando en las palabras de mi compañera. Que jodía. No veo el interior del horno porque hay un trapo colgado del asa que me tapa la visión, pero da igual, 15 minutos, esto no tiene misterio ninguno. Fumo, pienso y bebo durante casi un cuarto de hora. Mi vista, perdida en todo ese rato, se posa sobre el mármol. ¿Qué hace la pizza ahí fuera? ¿Jose, joder, que coño hace la pizza fuera del horno?

Ese pequeño descuido me impacta como el chorro de la caldera y me crispo de nuevo. Me levanto instintivamente y, no me pregunten por qué, abro el horno, como si la pizza en el mármol no fuera suficiente prueba de mi despiste… Al abrir la puerta del horno me doy cuenta de mi propia estupidez. Jose, por dios, que te pasa hoy, tú no eres tonto pero en tu cerebro debe ser hora punta.

Tras enmendar mi descuido consigo por fin cenar mientras pienso que mañana no podré explicar esto en la oficina. No podré porque yo tengo una vida normal y esto no ha ocurrido. ¿Me han oído? ESTO NO HA OCURRIDO.

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Jueves, 28 de septiembre de 2006

Dispersión

Soy una persona de rutinas. Y sobre esas rutinas, que son la base de mi vida diaria, improviso para que los días no resulten repetitivos. Pero las rutinas están ahí, las controlo (o me controlan, según se mire) y me proporcionan una sensación de seguridad. Quizá sea solo una cuestión de comodidad, mi cerebro actúa por repetición y eso lo libera de la carga necesaria para ocuparse eficientemente de otras cosas. Sé en cada momento lo que debo hacer y puedo, por ejemplo, tener controlada mi despensa con un golpe de memoria.

Pero de momento, desde que estoy en mi piso, he sido incapaz de construir esos cimientos necesarios que me otorguen la tranquilidad suficiente para no preocuparme de lo que debo hacer cada día. Total, que estoy disperso. La dispersión me pierde, y mis días parecen el vuelo alocado de un murciégalo (que ni está mal escrito ni se refiere a un murciélago francés).

Cuando mi mente se dispersa llegan, inevitablemente, los lapsus. Entre los últimos destacan por encima de todos haber olvidado el cumpleaños de mi padre y haber dado plantón dos veces a mi abogada (porque yo tengo abogada, qué se piensan ustedes), y eso que después del primero le juré y perjuré vía mail, junto a cuatro líneas de disculpas, que la siguiente vez aparecería. Pero volví a ser un impresentable (nunca mejor dicho) en toda regla, con todas las letras. Suerte que la chica venía a cobrar y no le ha quedado más remedio que ponerme buena cara a pesar del doble desplante…

En fin, mi dispersión me ha llevado a tener nueve latas de olivas rellenas y nueve de atún. Si no viviera solo quizá resultara normal, pero yo no acostumbro a tener tanta despensa, ni siquiera de cerveza. Por el contrario hace días se me acabó el Cola-Cao y nunca lo recuerdo en mis visitas al Mercadona. Podría desayunar olivas con atún y madalenas, eso sí, no todo va a ser malo. Ah! y docena y media de huevos grandes, los conté ayer. Tuve que congelar los seis más antiguos (sí, los huevos se pueden congelar si se sabe cómo, yo me enteré hace poco). Podemos sumar también los cinco bricks de gazpacho. Ya ven, que cuando voy al súper no recuerdo lo que tengo y apenas lo que me falta, y eso no es normal en mí. Yo, que recuerdo hasta las matrículas de los coches de mis profesoras de E.G.B., incapaz de saber qué narices tenía que hacer hoy. Esto redunda en una considerable falta de concentración. Y la inspiración al garete, por supuesto, juzguen ustedes mismos. Llevo dos post que en otro tiempo los hubiera descartado de inmediato.

Hoy por hoy, sin embargo, y en contra de lo que me propuse hace tiempo, prefiero escribir cualquier cosa que esperar a que las hadas me toquen (bueno, tal y como estoy me tendrían que dar de hostias para que me entere). Todo sea por hacer rutina.

Nota: Me acaba de llamar la de Círculo de Lectores porque, tal como le dije ayer, hoy le tendría preparado el pedido. Obviamente no lo tenía, le he dicho que se lo mando por mail (si me acuerdo, claro, pero esto no se lo he dicho). Y por supuesto se me ha vuelto a olvidar decirle que me he mudado… Esta dispersión va a acabar conmigo.

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Miércoles, 20 de septiembre de 2006

Retomando el curso

Retomar rutinas suele resultar más difícil que adquirirlas. Es decir, comenzar algo desde cero es más fácil que continuar una tarea abandonada, supongo que por eso me está costando volver a dejar algún post. Sin embargo, en mi piso me está resultando tremendamente difícil adquirir ningún tipo de rutina, aún me siento descolocado porque las adversidades me hacen cambiar mis costumbres de semana en semana. Si el vivir sin televisión pretendía ser un reto voluntario, el resto de carencias, obligadas, que me ha tocado en suerte padecer han boicoteado cualquier intento por asentar una vida, la mía, en ese piso. En fin, he sobrevivido como he podido a la ausencia de electricidad, a no tener sofá, a dormir a ras de suelo sobre un colchón y rodeado constantemente de cajas y bolsas que aún no tienen un sitio donde descargar su contenido. También sin gas, aunque esto no ha me ha parecido tan engorroso a pesar de que las placas solares a veces no acumulaban la suficiente energía para calentar el agua de una simple ducha.

Pasado todo esto ha llegado por tanto el momento de vivir sin agua. En fin, qué les voy a decir, ayer me conectaron a la electricidad y a Internet y me privaron del agua. Resulta casi paradójico cuando hace escasamente cuatro días tenía el lavabo inundado por un grifo abierto en el piso superior. Qué imagen más bonita… mi lavabo iluminado con velas, por las cuatro paredes descendían suaves regueros de agua, como tímidas cascadas que no se decidían a saltar al vacío… ni el mejor de los balnearios podría crear una estampa más cautivadora y relajante. Muy bonito siempre que no te pille con un mocho en la mano, claro. La felicidad nunca es completa.

En fin, ahora mismo puedo cocinar pero no puedo fregar los platos. Tengo luz en el lavabo pero no puedo ducharme (y por supuesto tampoco hacer ninguna clase de “disposiciones” a menos que utilice para “expulsar” dichas "disposiciones" mi reserva de leche semidesnatada y las cuatro botellas de Rioja crianza, cosecha de 2001, aunque para estas últimas me gustaría reservarles un destino más noble, aunque bien mirado el sacrificio por necesidad no deja de ser un acto de nobleza). Tengo lavavajillas y lavadora pero me resultan totalmente inútiles. Como un vulgar soltero malcriado me veo obligado a ducharme en casa de mis padres y llevarles la ropa sucia para que la laven (y ya puestos que me la devuelvan bien planchadita). Reutilizo la cuchara del último yogur para el desayuno (y la misma del desayuno para el yogur), en breve tendré que hacer lo mismo con tenedores y cuchillos, y probablemente también los platos y vasos acaben siendo base y recipiente de varios platos y líquidos como en un vulgar restaurante chino.

Se me plantea por tanto un pequeño problema si quisiera invitar a una dama a cenar en los próximos días…

Pero seamos positivos y echemos un poco de imaginación. Hasta la edad moderna la mujer no tenía derecho a plato y copa en los banquetes y debía beber de la copa del marido y comer de su plato. Esto me resuelve ciertas carencias. También podríamos aplicar ciertas normas que Alfonso X estableció en sus leyes de Las Siete Partidas, y así poder utilizar los dedos como único utensilio para acompañar al cuchillo, además de no necesitar de servilletas y utilizar el bocamanga que tan de moda estuvo en la época. Por tanto, hasta aquí solo necesito un plato, una copa y un cuchillo. Lo acompaño con luz tenue, velas, y de postre un “manjar imperial”, que es el nombre que Maese de Nola, cocinero de Alfonso V de Aragón en el siglo XV, dio a su receta de las ahora conocidas natillas.

¿Quién, en su sano juicio, se resistiría ante semejante comida de reyes? Una cena así no se disfruta todos los días. Ya saben, de esas cosas que se hacen de vez en cuando. Para romper la rutina.

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Miércoles, 30 de agosto de 2006

Otro pequeño homenaje

Saben ustedes (los más asiduos lectores de este cuaderno) de esta afición mía, o llámenle empeño, por hacer especiales de tanto en tanto momentos rutinarios. En fin, qué les voy a explicar, aquí les he relatado alguna solitaria cena, les he escrito y descrito alguna comida ebrio a consecuencia de los efluvios (en grandes cantidades) del alcohol, tibias emanaciones que sumergen el cuerpo y la razón en un estado de semi lucidez , extasiado de sí mismo.

Siempre he procurado ser detallista conmigo. Cuando estás solo (también acompañado, pero no es mi caso ahora) es importante no escatimar esfuerzos por crear momentos únicos para que la rutina, esa dama hipnótica que afianza costumbres con idéntica firmeza que hace olvidar aquellas que no realizas con habitual periodicidad, no te haga perder precisamente esas buenas costumbres que rompen el marcado uniformismo de la vida diaria. Lo que les decía, que estar solo no es excusa para no disfrutar de una buena cena en buena compañía, la de uno mismo. Si existen las ganas se olvidan las precariedades. Dicho esto comprenderán que haya disfrutado de mi pequeño homenaje en un comedor tan desangelado.



A falta de medios, el empeño y la imaginación son la mejor arma para crear un buen ambiente. En este caso la luz de la campana extractora junto con las velas creaban una iluminación tibia, lejana, derramando halos de luz sobre la mesa dejando a oscuras paredes y techos (aunque para la foto tuve que encender la bombilla), como si solo existiera aquello que los pequeños círculos difusos conseguían robar a la oscuridad.
Con la penumbra estrechando los espacios no hay mejor manera de expandir el vacío y definir nuevos límites más allá de lo visual que con música. La música llega a todos los rincones, oscuros o no. Se crea entonces un contraste de sensaciones, de amplitudes indefinidas y contrarias, de espacios diferentes, la perfecta combinación entre vista y oído, limitación visual y amplitud auditiva. El misterio de lo desconocido asoma a nuestros tímpanos, se percibe la profundidad del espacio no visible, que aún por conocido (de sobras conocido) no menos turbador oculto en las sombras. La oscuridad, rebotada en las notas, traslada intimismo a la mesa, surgida sobre un manto de tímida luz como isla en mitad del océano en una noche de luna. Pero no sirve cualquier música, la oscuridad y la luz, las llamas de las velas, las sombras, todo clama por mecerse apaciblemente sobre un ritmo suave, acompasado. Alguna otra noche fue Nina Simone quien me acompañaba, esta sin embargo tiene sabor a clásico, a la voz rasgada de Rod Stewart cantando canciones de su infancia, de la de todos, porque los clásicos se los apropia uno como música de tu época aunque ya fueran clásicos al descubrirlos.

Vale, sí, tal vez parezca que intento cubrir la realidad con palabras escogidas. Tal vez una mesa plegable, un taburete, una pizza y un comedor vacío no sea el mejor escenario para una cena romántica, ni siquiera estando acompañado de uno mismo. Pero es un escenario. Cuidado y escogido, preparado para la ocasión. Les aseguro que el ambiente varía mucho con la fría luz de la bombilla colgada como un cadáver del techo. Créanme si les cuento que todo parece diferente si me pongo a Van Halen, aunque sea bajito. Háganme caso si les digo que el hechizo solo funciona cuando uno se lo cree y se lo crea. Creer en tu creación, esa es la clave de todo, la clave de que la nada se convierta en todo. Y he aquí un detalle importante. Es MI creación, voluntaria.

La cosa cambia cuando esa intimidad resulta impuesta. Cambia completamente. Me explico. Hemos pasado una semana de cortes intermitentes de luz. De momento tiramos con la electricidad de la obra y no sabemos muy bien (los cuatro vecinos que también viven en el edificio y yo) si existe algún problema eléctrico o simplemente es que esta conexión temporal es inestable de por sí y que no puede ser de otra manera. Y encuentra a alguien de la obra en Agosto… ja!. El caso es que se ha convertido en una cuestión de suerte llegar a casa y tener luz. O tenerla y que aguante el tiempo suficiente para prepararte la cena, por ejemplo. Así que me he visto en multitud de ocasiones abocado a la tiranía de las velas.

Bien, imaginen la situación. Llegas a casa un día laborable, diez de la noche. Un piso apenas sin muebles (y aquí cuento como mueble la mesa del ordenador y una estantería IKEA), te congratulas porque al pulsar el interruptor la bombilla te saluda alegre. Sueltas (o tiras sería más apropiado) lo que llevas encima, ropa incluida (sí, a veces toda, qué pasa). Y justo cuando andas buscando en la nevera, plof, la impotente bombilla te deja a oscuras. Subo la persiana de la cristalera del comedor para que entre algo de luz de la farola que hay justo enfrente. A veces hasta me tapo un poco para hacerlo. Y ahora qué…

Soy optimista por naturaleza, o por genética (que es la naturaleza de los que somos de ciencias), o porque me resulta más práctico que ser pesimista (más aburrido y deprimente además). Soy optimista, digo, y las adversidades al final se convierten siempre en un estúpido reto por sacar partido de cualquier situación, por llevarme algo positivo pese a las circunstancias. Así que en este caso la oscuridad, la ausencia de luz no hizo sino hacerme pensar qué podía sacar yo de todo eso, tal vez buscando algo novedoso y satisfactorio en nuevas experiencias que no había vivido antes (sí, soy joven, me he pasado toda mi vida teniendo luz eléctrica en casa de manera constante, las velas y el candil me suenan a cuentos de princesas y mazmorras).

Dado que las velas proporcionan un ambiente intimista con su cálida y ondulante llama se me ocurrió que tal vez los “momentos íntimos” se volverían más íntimos aún bajo su influjo. Pero no, la verdad es que no, cagar a la luz de las velas no proporciona más placer de los ya conocidos. Háganme caso, no lo prueben, no vale la pena. O pruébenlo si quieren y me lo cuentan. O mejor pruébenlo pero no me lo cuenten, tampoco me interesa tanto como caga el personal.

Descartado esto, sentado otra vez en el taburete sin ningún entretenimiento, sin poder leer, sin música, ni siquiera las guitarras que aún permanecían en el dúplex, lo único que se me ocurrió hacer para pasar el rato fue ducharme. Otra vez. Ya me había duchado pero no tenía nada más que hacer. Pues nada, agarré una vela, la coloqué encima del lavabo y me duché. Bonito al principio, sí, no voy a negarlo. Pero es una putada que una inoportuna gota apague la vela cuando estás completamente enjabonado, te quedas a oscuras con el culo lleno de espuma. A partir de ahí todo cambia porque los sentidos se concentran únicamente en tus movimientos, patéticamente torpes sin referencias visuales, por el miedo a sufrir un peligroso resbalón y ya no puedes abandonarte a la relajante sensación de sentir el chorro de agua golpeando dulcemente todos los miembros (ejem) de tu cuerpo. Quizá debería la próxima vez tener la precaución de llevar más velas o en su defecto alejar la llama un poco más.


Después de la ducha se me acabaron las opciones. Sí, ya sé que para andar alardeando de imaginación lo dicho hasta ahora resulta decepcionante, pero la imaginación también tiene sus momentos de flacidez. Y ante la flacidez de imaginación no hay mejor estímulo que la erección física. Rápida, barata, no requiere demasiado esfuerzo ni estímulo externo y te proporciona entretenimiento durante un rato. Pues de mis penas, virtudes, y manos a la obra, que cuando no hay luz, dejémonos de tonterías, lo mejor es el sexo, y yo hace exactamente un post que decidí ser más humano.

Pero por dios, que arreglen esto de la luz ya, que me voy a quedar seco… de cenar poco y mal (ejem, que tienen la mente sucia, les he visto el pensamiento).

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Viernes, 18 de agosto de 2006

Libertad a mordiscos

Me regalaron un jamón. Y allí estaba desde hacía tres días, amortajado sobre el mármol de la cocina, inmóvil, inerte, como un fantasma esperando levantarse. No quería tocarlo, no disponía de un “cuchillo jamonero” para abordarlo en condiciones. Hasta ayer. Justo cuando iba a atacar, cuchillo en mano, me retuve un momento relamiéndome mientras lo observaba. Esa dulce espera final, semejante a ese momento en el que estando a punto de llegar al orgasmo uno se retiene para saborear un poco más ese excitante y desgarrador instante de máxima tensión y rigidez muscular, ese dulce agarrotamiento que desata inmediatamente después toda la energía contenida hasta dejar el cuerpo embriagado de placer, laxo y relajado, decía pues que esa espera me sirvió además para llegar a una determinante conclusión: el ser humano es una especie altamente sociabilizable. Demasiado.

Esta sociabilidad no es más que el producto de un continuo aprendizaje inconsciente que solemos identificar con la madurez del individuo. Un aprendizaje marcado en límites por la sociedad que nosotros mismos hemos creado, la cual recorta inexorablemente la natural desmesura del ser humano. Tal vez sea inevitable esta organización social. Hacia esto hemos derivado de forma involuntaria y quizá sin esos límites nuestra incontrolable desmesura resultaría terriblemente autodestructiva. Al menos eso parece dictarnos el sentido común viendo las atrocidades que actualmente se cometen a pesar de los moldes impuestos de comportamiento que, erróneamente, creemos inherentes a la raza humana. Tal vez sin darnos cuenta estamos reprimiendo instintos en pos de una organización controlada y ordenada de nuestras acciones. Hemos creado un “modelo de ser humano”, y en este caso “ser” adquiere tanto su acepción nominal como de verbo sustantivo. Incluso diría que esta primera deriva en la segunda pues este modelo define lo que una persona debe “ser” basado precisamente en su comportamiento como tal. Parece absurdo si tenemos en cuenta que no dejamos de ser animales. En ninguna otra especie ocurre esto, que un comportamiento definido a posteriori por reglas de conducta defina lo que debe ser un individuo de dicha especie.

De esto también se puede concluir que el carácter de una persona no es más que la forma en la que el individuo afronta todas esas normas impuestas. Incluso la rebeldía no deja de ser más que otra manera aprendida de entender y afrontar un límite, porque hagamos lo que hagamos nos movemos siempre entre límites, los límites de lo socialmente establecido.
Tal vez el único momento en el que realmente somos seres humanos, animales libres, sin artificiales ataduras que nos condicionen el comportamiento, es precisamente cuando follamos. O incluso acotando un poco más, cuando estamos cerca del orgasmo es cuando somos más “nosotros” mismos como animales. Es un momento precioso de la naturaleza humana, portentosamente desinhibidor, carente de esa artificialidad aprendida. Tal vez por eso, cuchillo en mano dispuesto a abordar la suculenta pieza sobre el mármol, deseoso y aún así reteniéndome, fui en ese momento consciente de mi realidad, porque análogamente al instante previo al orgasmo, mi mente fue libre durante un suspiro, breve pero sin embargo suficiente.

Les cuento todo esto para justificar mi acción ante el jamón. Cuando yo era niño recuerdo colarme en el lavadero de mis padres de donde colgaba siempre alguna pieza. Yo apenas alcanzaba el doble de altura que la pierna curada así que de puntillas no podía más que abrazar el jamón, asirlo con fuerza y a bocados, literalmente, roer, y roer, y no parar hasta saciarme. Como un animal. Sin cuchillos, así, tal cual, y no me importaba (de hecho nunca lo llegué a pensar) parecer una prolongación del animal muerto al que estaba devorando. Y hoy, con 31 años me doy cuenta de que he esperado tres días porque no tenía un cuchillo. Pero que imbécil. Precisamente ahora que vivo solo, que podría mearme por los rincones si quisiera, o plantar un pino en medio del comedor, que podría decidir no ducharme porque dependiendo del día no tengo agua caliente y evitaría salir tiritando, con todos los miembros ateridos, masculinamente inerme, ahora precisamente, digo, que podría ser más libre que nunca porque en mi casa mando yo y hago lo que me da la gana, caigo en la cuenta de que me encuentro domado, socialmente controlado por la educación aprendida inconscientemente y me retengo de hacer lo que tal vez de forma natural hubiera podido hacer, en este caso en particular, comerme el jamón a bocados. Y el caso es que resulta fácil desquitarse de las normas cuando te lo propones, pero lo importante aquí, que es lo que yo pretendo resaltar, es la profunda penetración social que se percibe en la involuntariedad de los actos inocuos cotidianos, aquellos que sin pensar nos llevan a comportarnos como deberíamos. La propia resistencia que debemos ejercer para no hacerlos es indicativa de esta sociabilización a la que estamos sometidos. Por eso la rebeldía tampoco me sirve ahora, da igual que hoy llegue y le hinque el diente al jamón hasta tocar hueso desdeñando utilizar el cuchillo, he perdido mi oportunidad, la involuntariedad del acto y eso me hace menos humano naturalmente hablando pero más humano de forma social.

Cuando uno es niño sin embargo esta penetración no es tan notoria. El aprendizaje está comenzando y la mente del niño es todavía un territorio diáfano, un remanso de entera libertad acotado a duras penas por la autoridad parental. Poco a poco le iremos colocando las barreras hasta atestarla de normas y reglas de comportamiento. En mi caso (y en el de todos, creo) de niño, por ejemplo, no es que no me importara no haberme duchado en tres días, es que simplemente ni lo pensaba. No entraba en mi mente que estuviera mal llevar una camiseta completamente arrugada, o las zapatillas rotas, o los pantalones desgastados. Y masturbarme con diez años me producía el mismo sentimiento de libertad que cuando salía a jugar con mis amigos, porque en realidad mi grado de libertad mental era, sino igual, semejante en ambos instantes. Ahora no, si me dan a elegir, elijo follar y mis amigos que esperen. Por algo será, digo yo. Aquel pequeño “ser humano” ha sido transformado en un “ser social”.

Por eso amigos debemos esforzarnos en el único bastión de libertad que nos queda, de auténtica libertad humana. Hay que follar más. Yo me lo he propuesto para este año que empieza (sí, de septiembre a agosto también es un año que empieza). Este año pienso follar más, aunque sea solo. Quiero sentirme más humano. A diario.

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Miércoles, 16 de agosto de 2006

Vivir en precario

Tengo un piso nuevo pero vacío. Lleno de vacío. Un enorme espacio que arranca ecos de cada movimiento, donde la penumbra apenas encuentra siluetas donde anunciarse. La música suena lejana, distorsionada, triste porque su sonido vuelve huérfano a la fuente, no encuentra más motivos para rebotar que mis insuficientes oídos. Cuelgan tímidos cables del techo que me suplican apagar las velas. Vivo en un reino de espacios donde solo puedes andar y tumbarte, o sentarte donde andas y donde te tumbas. De pie o estirado, vertical u horizontal, no hay término medio si no es en el baño. Pero sentarme en el baño me resulta indignante para demasiadas cosas. No estoy pagando una hipoteca para cenar en el váter, no era ese mi sueño. A pesar de todo el vacío me llena. También me divierte encontrar un sitio para las cosas, ¡¡¡tengo tantas por colocar!!!. A veces es el azar, la casual proximidad de un armario cuando cojo un objeto lo que designa su sitio. Aquí mismo. Tal vez no sea definitivo. Nada lo es cuando empiezas.

Recuerdo las primeras impresiones, explorando cada rincón, familiarizándome con cada perspectiva. Incluso cotilleé por la mirilla. Menuda estupidez cuando no tienes vecinos, pero era otro punto de vista a descubrir. Creo que arrastré el culo por cada baldosa. Ahora poco a poco los rincones y los gestos se van haciendo cotidianos. Encender el interruptor, los grifos, tirar de la cadena (aunque no hay cadena pero me gusta esta añeja expresión), abrir los armarios, las puertas, las ventanas… ya no me parecen movimientos extraños y desconocidos como aquellas primeras veces cuando tímidamente lo tocaba todo como intentando averiguar que sensación me producía. Suena tonto, lo sé, tirar de la cadena no puede darte más sensación que alivio, acaso una ligera impresión de despedida si eres de los que gusta mirar como el váter engulle en remolino. A mi no, no me gusta mirar atrás, lo hecho, hecho está (o lo echado, echado está). Pero, volviendo al tema, creo que es inevitable recorrer con inocencia infantil, o tal vez con la curiosidad de un orangután perdido en IKEA, todos y cada uno de los objetos que componen tu nueva vivienda. Acaricias las puertas como intentando comprobar la calidad de los acabados a pesar de no tener ni puta idea de carpintería. Ídem con los armarios de la cocina y los marcos de las ventanas. Algunos incluso acariciarán el váter, que lo sé. Te parece un mundo nuevo de sensaciones cuando en realidad todo es conocido.

No tengo vecinos colaterales, me encuentro solo en el rellano. Cada vez que abro la puerta para salir de casa me parece entrar en el pasillo de un terrible laberinto donde terroríficos monstruos acechan tras esas misteriosas y silenciosas puertas que nunca se abren. Depende del vecino que me toque tal vez sea así. Las personas con las que me he cruzado hasta ahora parecen normales, responden más o menos cordiales a mi saludo, y eso siempre es de agradecer, incluso si su único propósito era entrar en el edificio a robar. Si hay chorizos en el barrio por lo menos que sean educados. Quizá la única pega digna de mencionar hasta ahora podría ser un perro que aún no he visto de ladrido estúpido y ridículo que suena allá por el cuarto. Ya veremos que suerte de vecinos me tocan.

Aunque a veces pienso que si me vieran los demás, sin tele, viviendo en la penumbra rodeado de velas, sentado en el suelo cuando me aburro o mientras ceno (cuando decido no cenar de pie), o durmiendo con un simple colchón a ras de baldosa… tal vez el vecino raro sea yo.

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Jueves, 03 de agosto de 2006

El final de una etapa



Amigos, es hora de poner al día este cuaderno. Lo cierto es que debería haberlo hecho hace tiempo pero motivos no me han faltado para estar ocupado.

Supongo que recordarán que mi estancia en el dúplex estaba limitada en el tiempo por un hecho que marcaría el final de esta etapa: la entrega de mi piso. Bien, pues ya ha ocurrido, finalmente la constructora ha terminado y me hicieron entrega de las llaves el día 25 de este mes. Contra todo pronóstico han cumplido las fechas y se han adelantado a mis predicciones pues yo lo esperaba en Septiembre.

Pues eso, que me han dado un piso. No por las buenas sino a cambio de dinero. Dinero que no tenía pero que el banco me ha dado, no por las buenas sino a cambio de una hipoteca. Por tanto ahora tengo piso e hipoteca, y a cambio de esto abandono el dúplex y a mis preciosas compañeras tal como estaba planeado. Me quedan escasos días para cambiar nuevamente de rumbo y comenzar esa otra etapa tan esperada y deseada.

Cambio multitudes por soledades, un espacio entero por llenar, decorar, personalizar, donde debo encajar a partir de ahora mi vida para sentirme, por fin, como en casa, en mi propia casa. En esto estoy liado últimamente y por eso voy de puñetero culo, porque no tenía nada mirado y ahora todo son prisas.

Una de las cosas que deberé cambiar a propósito de esta nueva situación será el nombre de este cuaderno. “Dúplex para tres” no se ajusta a la realidad (lo cierto es que “…para tres” hace tiempo que tampoco se ajusta). Se aceptan sugerencias, se abre el buzón a vuestras ideas, “brainstorming” que se dice en el mundo empresarial. Anímense, échenme una mano que yo tengo el cerebro perdido entre cacerolas, cubiertos, toalleros y demás parafernalia necesaria para vivir con cierta dignidad.

Para ponerles un poco al día de la situación les diré que de momento solo tengo cubierto el tema de los electrodomésticos. Ando escaso en todo lo relativo a mobiliario, tan solo aprovecharé para una de las habitaciones, la de menor tamaño, la mesa del ordenador, un pequeño módulo de estanterías IKEA y la pequeña cama del dúplex. Tengo también un colchón mal llamado “de matrimonio” bien guardado pero este mes está resultando muy duro económicamente hablando, el somier y la cama tendrán que esperar, no puedo afrontar tanto gasto de golpe. Por eso me debato entre seguir durmiendo en la cama pequeña o probar con el colchón “grande” a ras de suelo. Sofá, mueble del comedor y cualquier objeto decorativo superior en valor a una simple vela aromática quedan a la espera de una nueva inyección económica.

Les iré informando sin falta de todos los acontecimientos que están por llegar: mis primeros días allí, mis nuevos vecinos, como se sobrevive sin televisión, sin sofá… Lo típico, vamos.

Como sé que muchos de ustedes habrán pasado por situaciones parecidas agradeceré cualquier sugerencia, especialmente las relativas a aquellas cosas que uno no se da cuenta que necesita hasta que está viviendo y las echas en falta. Por ejemplo, yo me he dado cuenta recientemente que no había pensado ni en el sacacorchos ni en la escobilla del váter...

Venga va, ayúdenme, que esto también es casa vuestra.

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Viernes, 14 de julio de 2006

Sobre plagas y variantes de la mosca cojonera

¿Como creen ustedes que afectaría a nuestras vidas si de pronto hubiera en nuestro país 15.000 millones de insectos más? Aunque les parezca un tanto extraño es una pregunta que me hecho muchas veces. La explicación es bien sencilla, siéntense…

Recientemente realicé en coche un viaje medianamente largo y al volver, como tantas otras veces, me hice la misma pregunta de siempre. No sé si ustedes se han fijado alguna vez (o tal vez lo hayan hecho pero no les haya despertado ningún tipo de curiosidad) en la cantidad de insectos muertos que se quedan estampados por impacto en la zona frontal de nuestros vehículos. Bien, ahora un pequeño ejercicio de estadística casera:

-Así, a ojo, debía haber unos 200 insectos repartidos entre el parabrisas, retrovisores, capó y parachoques. Seguramente más, pero 200 es una cifra cómoda y suficiente para mi propósito.

-Según la DGT este verano se realizarán 75 millones de desplazamientos.

-Supondremos que a nadie se le ocurre circular esquivando insectos (aunque por la manera de zigzaguear de algunos sí lo parece, pero son pocos).

Con un sencillo cálculo obtenemos la cifra antes mencionada: 75 millones de desplazamientos x 200 insectos = 15.000 millones de insectos muertos tan solo en el periodo estival. Parecía exagerado al principio, ¿verdad? Les aseguro que es una cifra real, y seguramente, teniendo en cuenta las aproximaciones a la baja y abarcando la totalidad del año, no sería difícil llegar a los 20.000 millones…

El turista por tanto es una especie que contribuye al equilibrio natural de nuestros ecosistemas. Calentamiento global, efecto invernadero, destrucción de la capa de ozono, contaminación… nada de todo eso es comparable a la catástrofe que supondría que un año nos quedáramos todos sin vacaciones. Este país sería un auténtico infierno sumido en una especie de plaga de proporciones bíblicas.

Personalmente no les tengo ninguna lástima a esos bichejos a pesar del continuo exterminio al que se ven sometidos año tras año. Y de todas las especies, el mosquito es al que menos. Seguramente todos esos organismos tengan una función concreta en la naturaleza y por eso existen, sin embargo el mosquito me parece un claro ejemplo de una mala evolución, casi contradice al propio concepto de evolución.

Los seres vivos se han ido transformando lentamente con el tiempo, la evolución ha ido cambiando su morfología según un patrón definido principalmente por sus necesidades de supervivencia, por eso, desde mi punto de vista hubiera sido más inteligente que el mosquito hubiera encontrado la manera de conseguir alimento sin molestar, porque lo que a todos nos fastidia no es que un bicho se lleve un poco de nuestra sangre sino que luego la picadura te pica, y mucho. Y como eso jode utilizamos toda suerte de artefactos y productos químicos para exterminarlos.

Toda esta reflexión de hoy sobre los insectos viene a cuento porque esta noche he dormido fatal, un mosquito me ha picado en los testículos. Eso me pasa por dormir desnudo en estas noches calurosas. Me habían picado en muchas partes, incluso en el párpado, pero en los testículos nunca, y no se imaginan lo que molesta.
Los hombres, como todos ustedes saben, tenemos tendencia natural a rascarnos los huevos (no que seamos vagos sino literalmente, sin más). Debe ser un poso evolutivo de cuando éramos monos, lo hacemos sin ningún propósito en especial, lo hacemos y punto, no le busquen ninguna explicación porque no la hay. Podría pensarse entonces que los testículos serían tal vez la parte más oportuna para que te pique un mosquito; puestos a rascarse mejor en una parte donde lo haces habitualmente, así la acción será más natural. Pero no, les aseguro que no es así.

Normalmente de madrugada cuando estás medio dormido tardas un tiempo en ser consciente de que te ha picado un mosquito así que al principio no puedes evitar rascarte con energía en un acto reflejo de semi inconsciencia. En mi caso esto provocó una extraña sensación de desconcierto al encender la luz y ver que tenía las pelotas como las de un elefante (en ningún momento esta analogía con el elefante pretende comparar otras partes no mencionadas, como la trompa, ejem).

Aún no me he preparado para los rigores del verano (a excepción de aprovisionarme de un necesario ventilador), por eso, al despertarme y ver semejante habón caí en la cuenta de que todavía no tenía ningún producto para combatir este tipo de picaduras. Necesitaba algo urgentemente, no podía pasarme la noche con ese escozor. Mientras buscaba alguna crema (la que fuera, me daba igual) seguía sin poder evitar rascarme. Todos conocemos la sensación de alivio que produce rascarse una picadura, un gustirrinin momentáneo que te calma por un instante, y esto provocó, dada la naturaleza del lugar, que tuviera una erección, tal vez la más extraña que he tenido nunca. Como estaba desvelado me hubiera costado bien poco acabar la faena… ya que estaba puesto y con las manos en el lugar… Pero la masturbación mientras me rasco los genitales es un ejercicio de coordinación para el que no estoy preparado todavía. Bien mirado la combinación de sensaciones, alivio y placer, puede resultar interesante aunque en aquel momento tenía otras prioridades. Una crema era lo que necesitaba.

Soy un desastre con los medicamentos, se me olvidan con facilidad los nombres y los usos, a prácticamente todo le llamo primperan pues es lo único que me viene a la memoria (primperan para la tos, para la fiebre, para el dolor de muelas…) y a veces cometo la imprudencia de tomarme un medicamento si la caja me produce la suficiente confianza. Total, es un medicamento, qué mal me puede hacer, y en todo caso si no está indicado para eso el efecto placebo hará el resto. La cuestión es que estaba tan desesperado que me hubiera frotado un gelocatil solo por probar suerte pero finalmente encontré una crema aunque desconocía para qué servía. El prospecto no estaba y el nombre no me daba ninguna pista. Dudé porque me sonaba vagamente a que podía ser una para hongos en los pies que tuve que comprar cuando vivía en casa de los policías. Los testículos son una zona delicada así que traté de razonar que podría pasar si la crema realmente sirviera para lo que yo sospechaba. Haciendo memoria recordé los picores entre los dedos y encontré ciertas semejanzas en los síntomas. Pues nada, seguro que servía. Un poquito de crema y listo.

Ahora, para continuar durmiendo con tranquilidad solo faltaba que desapareciera esa inoportuna erección. Tras untar los testículos con una supuesta crema para hongos y con el firme propósito de no rascarme más, desaparecía la opción de probar esa dualidad de placeres. Quedaba el método habitual (hacerlo sin más), pero me seguía sintiendo un tanto extraño con todo aquel asunto… los testículos parcialmente hinchados, parcialmente blancos por la crema, anormalmente rojos por la picazón, el aturdimiento de las 3 y media de la madrugada… era todo raro y decidí descartarlo. En su lugar opté por fumarme un cigarro en el balcón y pensar en cosas sexualmente poco estimulantes. Antes de dar la última calada todo volvió a la normalidad y pude apagar la luz con tranquilidad. Eso sí, me puse unos pantalones cortos de futbolista por si el malvado mosquito seguía al acecho de mis testículos.

No quiero ni imaginar lo que hubiera supuesto para mis genitales que esta noche hubiera habido en este país, por decir una cifra, 700 millones de mosquitos más.

Por eso viajen, por favor, viajen.

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