Ciento treinta metros cuadrados, dos preciosas compañeras, un cachorro con pedigrí y yo.
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Miércoles, 01 de marzo de 2006
En época de guerra cualquier agujero es trinchera. Eso es lo que deben pensar muchos jóvenes (y no tan jóvenes) hoy en día cuando salen de marcha por la noche. O al menos esa es la sensación que tengo cuando los observo en los ambientes nocturnos. Van de flor en flor buscando donde hincar el aguijón, y si una flor se cierra pasan a la siguiente. Y así hasta el final de la noche. Lo único importante es pillar cacho, da igual el método, la forma e incluso me atrevería a decir que da igual el “cacho”.
Los que somos selectivos lo tenemos crudo hoy en día. Esa actitud de masas perjudica a los que utilizamos esa otra técnica casi olvidada, más antigua, más artesanal, y ciertamente menos efectiva (tal y como están las cosas) en la que se juguetea con las miradas, con las sonrisas, que se busca la conversación inteligente, el comentario oportuno… Seducir y que te seduzcan.
No lo puedo evitar, mi instinto selecciona involuntariamente aquello que le llama la atención. A veces es su mirada, o tal vez sus movimientos, o sus gestos, o sus expresiones… o tal vez todo. A mi me recuerda un poco la escena de la película “El Protegido”, casi al final, cuando Bruce Willis se colocaba en medio de la estación y extendía un poco los brazos para dejarse rozar con la multitud a la espera de “sentir” ese “algo” diferente que identificaba a los malos. En mi caso intento identificar a las buenas.
Nunca sabes lo que puede despertar tu interés, ese detalle que activa el deseo de conocer a esa persona. Pero el ataque indiscriminado que sufren las hace protegerse y en el momento que te acercas pasas a ser automáticamente uno de ellos. Así que todo resulta muy difícil. Especialmente para los que vamos de Teletubbies por la vida, buscando más “Una abraçada” y una sonrisa que una ración de cuello que morder, así, a palo seco.
A veces, he de reconocerlo, me he cuestionado si realmente es un buen método para conocer a ese alguien que te ha llamado la atención, pero siempre llego a la misma conclusión. Yo no sé hacer otra cosa, me sale actuar así y no hay que darle más vueltas.
Al igual que los tenistas, a cada uno le va mejor un terreno. El mío no es la pista de baile, yo me desenvuelvo mejor en la calle. Afortunadamente siempre existe una chica de la frutería que te devuelve la sonrisa, o la vecina que te ríe las gracias en el ascensor, o la compañera de trabajo que te encandila cuando habla, o la camarera que te sirve el café y te fulmina con la mirada…
Las posibilidades son infinitas. Solo hay que extender un poco los brazos.
Y dejar que la vida te roce.
Vaya… que otro fin de semana sin comerme un torrao. Se nota, ¿no?
Por: Jafatron | General | Comentarios (0) | Referencias (0)